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Fatiga al volante, el enemigo durmiente

Javier Cabanas
JAVIER CABANAS. Director de Formación de la Escuela de Conducción de ALD en el Circuito de TEPESA de Brunete, Madrid.

Si a cualquiera de nosotros nos preguntasen qué factor de riesgo está presente, de forma directa o indirecta, entre el 20% y 30 % de los accidentes de tráfico, todos optaríamos por alguna de estas tres respuestas: velocidad, alcohol o imprudencia.
Erraríamos, pues en este caso nos referimos a la fatiga. Aunque hay muchos factores que influyen en la aparición de este riesgo, el principal es el conducir sin descanso durante mucho tiempo.
Dicho así, la solución parece sencilla, seguir la recomendación que todos conocemos en cuanto a respetar los periodos de descanso (realizar una parada de un mínimo de 15 minutos cada 200 km o 2 horas de conducción).
La realidad demuestra que pocos conductores siguen esta premisa, y creo que esto viene provocado por el desconocimiento de los riesgos que conlleva conducir fatigado, que son muchos.
La fatiga afecta a la visión, provocando una disminución de la agudeza visual y dificultando el cálculo de las distancias.
Si la fatiga es intensa, el cuerpo reacciona durmiendo, y por pequeña que sea la “cabezada”, el riesgo que se corre es muy elevado. Muchas de las salidas de carretera sin un motivo aparente han tenido como causa la somnolencia.
El conducir fatigado hace que cambie nuestro estado de ánimo, que asumamos más riesgos y que tengamos comportamientos incívicos con el resto de ocupantes de la vía.
Esa irritabilidad provoca el que estilo de conducción sea más agresivo, incluso sin que lleguemos a ser consciente de ello, aumentando el riesgo de sufrir o provocar un accidente.
Otra de las consecuencias de la conducción bajo los efectos de la fatiga, es que el tiempo de reacción aumenta considerablemente. Si a esto le sumamos que habitualmente no respetamos la distancia de seguridad, las probabilidades de sufrir un alcance son muy elevadas.
La buena noticia es que, tomando una serie de sencillas precauciones, podemos evitar la aparición de la fatiga. En primer lugar es fundamental adoptar una buena posición al volante, de tal manera que de forma natural podamos manejar correctamente el volante, los pedales y los distintos mandos del vehículo.
Otro factor a tener en cuenta es mantener una temperatura correcta en el habitáculo de pasajeros, en torno a los 24º. Un exceso de calor provoca somnolencia y hace que la toma de decisiones sea más lenta e imprecisa.
En esta época del año en la que disminuye las horas de sol, es vital mantener el sistema de alumbrado en perfecto estado, tanto la limpieza de las ópticas como el reglaje del mismo.
El conducir de noche implica que el nivel de atención debe aumentar y que el cansancio también lo hace.
En desplazamientos largos debemos evitar fijarnos una hora de llegada, el marcarnos metas hace que la conducción sea más tensa, que rebasemos los límites de velocidad y que aparezca la fatiga.
Debemos renunciar a realizar comidas copiosas durante los viajes, así como el consumir alcohol, por muy poca cantidad que sea.
Si durante la conducción sufrimos alguno de estos síntomas: bostezos, sequedad en los ojos, incomodidad en el asiento, o dolores de espalda o cuello, debemos detener el vehículo cuanto antes, siempre buscando un lugar seguro.
Un error muy común es intentar continuar con el desplazamiento, pensando en que el final del mismo está cercano.
A la hora de diseñar una carretera se toman una serie de medidas para evitar la fatiga, intentando que la conducción no sea monótona; cambiando el firme, los elementos decorativos e incluso el tipo de vegetación.
Si conocemos cómo se manifiesta la aparición de la fatiga y cómo podemos evitarla, nos convertiremos en conductores más seguros.

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