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Sabías cómo nació el limpiaparabrisas

¿Cómo nació el limpiaparabrisas de los automóviles?

Hay accesorios del automóvil que, hoy en día, son entendidos como absolutamente imprescindibles. Uno de ellos es el limpiaparabrisas, auténtico aliado del conductor en los días de lluvia o nieve. ¿Cómo nació este elemento?

La norteamericana Mary Anderson, natural de la cálida región de Alabama, llevó a cabo un viaje a Nueva York en pleno invierno, en unos días de intensa nevada. Anderson pronto se sorprendió de que los conductores tuviesen que parar sus automóviles cada poco tiempo a retirar manualmente la nieve y el hielo que se acumulaba en sus parabrisas para recuperar la visibilidad y reducir, en lo posible, situaciones de enorme riesgo.

La inventora se percató de que para esos conductores se trataba de una situación normal, y de que ninguno de ellos se había parado a buscar una solución más cómoda y efectiva. Por ello, decidió poner remedio a este riesgo de seguridad vial, e inventó una varilla metálica que contaba con una pequeña banda de goma que, accionada desde el interior del vehículo, contribuía a retirar cualquier residuo del cristal y que, en caso de lluvia, podía eliminar el agua.

Anderson, consciente de la utilidad de este invento, no dudó en solicitar su patente, que se registró en 1903, aunque muchos de los conductores de la época lo consideraban un auténtico engorro al ser una distracción. Pero este invento llamó la atención de Henry Ford, inmerso ya en la construcción de sus vehículos, aunque no se tiene constancia de que se pusiera en contacto con la inventora para incorporarlo en sus automóviles.

Ya en la primera década del siglo, este invento fue popularizándose, primero como accesorio desmontable y accionable de forma manual, para ir evolucionando a un sistema automático que dependía de un piñón fijo que lo accionaba siempre a la misma velocidad, independientemente de cuánto lloviese o nevase.

Para encontrar el primer limpiaparabrisas de velocidad regulable habría que esperar hasta 1963, cuando un ingeniero llamado Robert Kearns, que sufría la práctica total de visión en su ojo izquierdo, percibió el hecho de que estos artefactos podrían causar menos distracciones y ser más eficientes si se pudiese regular su velocidad. Entusiasmado por sus avances, presentó una demostración a los ingenieros de la planta de Ford en River Rouge, Detroit. Sin embargo, sorprendentemente, descartaron incorporar este invento en sus vehículos… al menos de momento.

Pero apenas unos años después, en 1969, la marca norteamericana incorporó este tipo de limpiaparabrisas en sus Mustang y Mercury Cougar. Kearns emprendió, entonces, una batalla legal contra Ford y contra las empresas que posteriormente incorporaron el sistema, que culminó en 1990 con una sentencia favorable y una indemnización de 10,1 millones de dólares, y un año después, contra Chrysler con una indemnización de 18,7 millones de dólares.

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